La historia del documento con el que los peruanos acudimos a votar también cuenta la historia de nuestra ciudadanía. Desde las partidas de bautismo y cartas de ciudadanía de los primeros años republicanos hasta el actual DNI electrónico y el naciente DNI del ciudadano digital que el Registro Nacional de Identificación y Estado Civil (RENIEC) se encuentra promoviendo, el Perú ha recorrido un largo camino para responder una pregunta fundamental en toda elección. ¿Cómo acreditar que quien se presenta ante la mesa de sufragio es realmente quien dice ser?
Cuando no existía un documento para votar
En los primeros años de la República no existía un documento nacional de identidad semejante al actual DNI. Más aún, tampoco existía una ciudadanía universal como hoy la entendemos.
Los primeros mecanismos electorales peruanos estuvieron condicionados por las restricciones que las distintas constituciones y leyes establecían para ejercer el sufragio. En ese escenario, la identificación del ciudadano podía apoyarse en documentos como las partidas de bautismo y las cartas de ciudadanía, además de los registros y padrones elaborados para fines electorales.
La propia existencia de cartas de ciudadanía puede comprobarse desde los primeros momentos de la República. El Archivo General de la Nación conserva, por ejemplo, documentación de esta naturaleza correspondiente a 1822. (Ver archivo de cartas de ciudadanía)
No obstante, el problema de fondo era evidente. Identificar al elector dependía de registros dispersos, procedimientos locales y documentos que originalmente podían haber sido creados para otras finalidades.
Durante el siglo XIX fueron desarrollándose registros cívicos y diferentes mecanismos para determinar quién podía participar en las elecciones. Pero todavía estaba muy lejos la idea contemporánea de que cada ciudadano poseyera un documento uniforme, individual, seguro y válido en todo el territorio nacional.
1931: el gran cambio
El verdadero punto de inflexión llegó en 1931, pues el 26 de mayo de ese año, el Estatuto Electoral aprobado mediante el Decreto Ley N.° 7177 creó el Jurado Nacional de Elecciones (JNE), estableció un Registro Electoral permanente y creó la Libreta Electoral como documento de identidad y sufragio.
La innovación fue enorme. La Libreta Electoral fue definida como el único título de sufragio del ciudadano y, simultáneamente, como su cédula de identidad personal. El sistema incorporaba elementos que hoy nos resultan familiares. Nombres y apellidos, fotografía, firma e impresión digital, entre otros datos destinados a individualizar al elector.
Por primera vez se consolidaba la idea de entregar al propio ciudadano una acreditación personal que demostraba su condición de elector. Sin embargo, no debe olvidarse que aquel derecho electoral todavía era restringido. El Estatuto de 1931 establecía el voto obligatorio para los varones alfabetos mayores de 21 años, pero no a las mujeres, las cuales recién obtuvieron el derecho al sufragio recién en 1955 y participaron por primera vez en una elección general en 1956. La evolución del documento de identidad, por consiguiente, también refleja la progresiva ampliación de la ciudadanía peruana.
De una libreta a otra
La Libreta Electoral fue cambiando conforme aumentaban la población, el padrón electoral y las exigencias de seguridad e identificación. Al respecto, existe una muy buena cronología elaborada por el Registro Nacional de Identificación y Estado Civil (RENIEC) la cual permite observar algunos de sus principales hitos: la Libreta Electoral de 1931, la Libreta Electoral Municipal de 1946, la Libreta Electoral de siete dígitos de 1963, el Registro de Identidad para Analfabetos (RIA) de 1978, la Libreta Electoral de ocho dígitos de 1984 y posteriormente la Libreta Electoral Mecanizada. (Ver cronología)
Cada cambio respondía a necesidades concretas. La incorporación de fotografías, firmas, impresiones dactilares, numeración y posteriores procedimientos mecanizados fue haciendo cada vez más difícil la duplicidad y suplantación de identidades.
Un cambio especialmente significativo fue el ocurrido a fines de los años setenta. La Constitución de 1979 reconoció el sufragio de los ciudadanos analfabetos, ampliando sustancialmente el universo electoral. El Registro de Identidad para Analfabetos constituyó precisamente uno de los antecedentes de esa progresiva universalización de la identificación.
Aquí aparece una enseñanza histórica importante, pues el documento electoral no evolucionó únicamente porque mejoró la tecnología. Evolucionó también porque cambió el concepto de quién debía ser reconocido como ciudadano.
1984: ocho dígitos que todavía nos acompañan
En 1984 apareció la Libreta Electoral de ocho dígitos y para muchos peruanos esta constituye todavía una imagen familiar. Aquel documento de cartulina blanca, dividido en cuerpos, que debía doblarse para guardarlo y que acompañó durante años prácticamente todos los actos importantes de la vida adulta.
Incorporaba mayores medidas de seguridad que su antecesora: número de Libreta Electoral en la portada, firma del ciudadano, firma y sello del registrador, fotografía, sello del Jurado Nacional de Elecciones e impresión dactilar. Posteriormente apareció la Libreta Electoral Mecanizada, en la cual la información dejó de ser inscrita manualmente y pasó a ser procesada mediante sistemas informáticos. Pero algo más importante estaba por ocurrir.
De elector a persona: aparece el RENIEC
La Constitución de 1993 creó el RENIEC y el cambio conceptual fue profundo. Históricamente, la identificación había estado estrechamente vinculada con el sufragio, pues se registraba fundamentalmente al ciudadano-elector. Empero, con el nuevo sistema se avanzó hacia la identificación integral de la persona, articulándola además con los hechos fundamentales de su estado civil.
En 1996 apareció transitoriamente el Documento Provisional de Identidad y, desde noviembre de 1997, comenzó la emisión del Documento Nacional de Identidad: el DNI.
El conocido DNI azul transformó la identificación peruana. Ya no se trataba simplemente del documento que permitía votar. Se convirtió en la llave de acceso para realizar trámites bancarios, celebrar contratos, acreditar identidad ante instituciones públicas y privadas y ejercer innumerables derechos.
Paradójicamente, un documento cuya historia estaba íntimamente ligada a las elecciones terminó convirtiéndose en la principal credencial de la vida civil peruana, pues la misma versión, pero en color amarillo se entregaba a los recién nacidos. Los DNI de este color les acompañaba a los niños y adolescentes hasta su mayoría de edad a los 18 años, momento en que tenían que cambiarlo por el DNI azul.
Del DNI azul al DNI electrónico
La siguiente transformación fue digital. El primer DNI electrónico comenzó a emitirse en 2013. Posteriormente aparecieron nuevas versiones hasta llegar al DNI electrónico 3.0, presentado en 2025. Según RENIEC, este documento incorpora un chip criptográfico y 64 elementos de seguridad, además de mecanismos destinados a permitir la autenticación y firma digital del ciudadano.
Desde el 28 de agosto de 2025, el RENIEC dejó de emitir nuevos DNI azules y amarillos y pasó a expedir únicamente el DNI electrónico 3.0. Los documentos anteriores ya emitidos, sin embargo, conservan su validez hasta su fecha de vencimiento.
Y la transformación continúa. En 2026 el RENIEC inició progresivamente la implementación del DNI digital (DNId), almacenado de manera criptográficamente protegida en un dispositivo móvil y con el mismo valor legal, eficacia jurídica y fuerza probatoria que los documentos físicos de identidad.
Así, en menos de un siglo hemos pasado de una libreta electoral confeccionada fundamentalmente para acreditar al votante a una identidad que puede verificarse también en entornos digitales.
¿Desaparecerá algún día el documento físico para votar?
Aquí aparece una interrogante especialmente interesante para el futuro electoral peruano. De cara a las próximas Elecciones Regionales y Municipales de 2026 el DNI continúa siendo el único documento admitido para identificar al elector en la mesa de sufragio. No puede ser sustituido por pasaporte, licencia de conducir u otros documentos. Para esos comicios, además, el RENIEC autorizó excepcionalmente el uso de DNI vencidos y de determinados documentos anteriores con el propósito de facilitar el ejercicio del sufragio.
Sin embargo, el desarrollo de la identificación electrónica, la biometría y el DNI digital abre una nueva etapa.
El desafío ya no consiste solamente en fabricar un documento difícil de falsificar. Consiste en disponer de un sistema confiable de identidad, capaz de acreditar inequívocamente a cada persona tanto en el mundo presencial como en el digital.
Ello plantea preguntas que los organismos electorales deberán resolver progresivamente: ¿seguiremos necesitando presentar físicamente una tarjeta ante los miembros de mesa?, ¿podrá verificarse directamente la identidad del elector mediante sistemas biométricos?, ¿qué mecanismos alternativos existirán cuando fallen la conectividad o los dispositivos?, ¿cómo se protegerán los datos personales?, ¿y cómo asegurar que la modernización tecnológica no termine dificultando el voto de ciudadanos con menor acceso o familiaridad digital?
De la libreta al derecho a la identidad
Mirada en perspectiva, esta historia contiene una transformación todavía mayor. Durante buena parte de nuestra historia republicana, identidad y condición de elector estuvieron prácticamente unidas. Se identificaba a quien reunía los requisitos para ser ciudadano y sufragar.
Hoy ocurre exactamente lo contrario. El Estado reconoce e identifica a la persona independientemente de que tenga edad para votar. Los bebés y niños poseen DNI; los registros civiles alimentan un sistema nacional de identificación; la biometría permite contrastar identidades y el padrón electoral puede construirse sobre una base registral permanente.
Por eso, detrás de los cambios de formato que incluyeron partidas y cartas de ciudadanía, registros cívicos, libretas electorales, DNI azul, DNI electrónico y DNI digital, existe una transformación institucional mucho más importante. El Perú pasó de intentar identificar al elector el día de las elecciones a construir una identidad jurídica permanente para cada persona.
Dos siglos después de iniciada la República, esa evolución constituye uno de los cambios menos comentados pero más trascendentes de nuestro sistema electoral. Y también deja planteado el próximo desafío, cual podría ser conseguir que la identidad digital del futuro aumente la seguridad del sufragio sin crear nuevas barreras para ejercerlo.



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