La Solución Tecnológica de Apoyo al Escrutinio (STAE) implementada por la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE) en la primera vuelta de las Elecciones Generales 2026 representó uno de los mayores esfuerzos de incorporación tecnológica al proceso electoral peruano (Ver Plan Operativo ONPE EEGG2026). Su propósito era razonable, mantener el voto, el escrutinio y la decisión sobre la validez de cada voto en manos de los miembros de mesa, pero utilizar herramientas informáticas para reducir errores, acelerar la elaboración de las actas y transmitir tempranamente los resultados.
Empero, el problema no estuvo, por tanto, en la idea de utilizar tecnología después del escrutinio. Estuvo en la complejidad de la solución escogida, en la magnitud de su despliegue y, sobre todo, en la falta de correspondencia entre la sofisticación del sistema y la capacidad logística y operativa necesaria para hacerlo funcionar simultáneamente en decenas de miles de mesas. Hechos que observé, detecté y reporté sobre el sistema SEA, antecesor del STAE en los comicios de 2021 y 2022 como miembro de organizaciones observadoras electorales.
La propia ONPE definió el STAE como una herramienta para asistir a los miembros de mesa en la elaboración de las actas. Para las elecciones generales estaba prevista para ser usada en las 29 mil 266 mesas de Lima Metropolitana y el Callao. El objetivo declarado era reducir las actas observadas por errores de transcripción manual, agilizar la elaboración de los documentos electorales y transmitir los resultados directamente desde los locales de votación.
El STAE no era, por ello, un sistema de voto electrónico. El elector continuaba votando en una cédula de papel; los miembros de mesa continuaban realizando físicamente el escrutinio y determinando los votos válidos, nulos y en blanco. La tecnología intervenía después, en la incorporación de los resultados al sistema, en su validación, en la generación de las actas y en la transmisión de la información.
Esta distinción es fundamental. El STAE no pretendía sustituir la mesa de sufragio, sino apoyarla (Ver ONPE nota de prensa). El procedimiento comenzaba con la instalación de la mesa. El coordinador STAE de la ONPE por cada mesa de votación, validaba la identidad de los miembros de mesa, capturaba su fotografía y generaba certificados digitales que posteriormente permitían firmar las actas. Terminada la votación, los miembros de mesa realizaban el escrutinio convencional, contando los votos y registrando los resultados en una hoja borrador. Después trasladaban esos datos al aplicativo STAE instalado en la laptop. El sistema verificaba las operaciones aritméticas y advertía posibles inconsistencias antes de generar los documentos definitivos.Una vez validada la información, el sistema generaba las actas de instalación, sufragio y escrutinio, además del cartel de resultados y otros documentos. El acta de escrutinio se imprimía y podía ser entregada a los personeros. Paralelamente, la información electrónica era almacenada en un USB encriptado. Este dispositivo era llevado, dentro de un sobre lacrado, hasta el punto de transmisión ubicado en el mismo local de votación. Desde allí la información era enviada mediante una red privada virtual hacia los centros de cómputo y el centro de datos de ONPE.
La arquitectura, por tanto, tenía varios componentes: laptop, impresora, memoria USB, mecanismos de identificación y firma digital, conectividad para el punto de transmisión y elementos de alimentación eléctrica y contingencia. La laptop y el USB contaban con mecanismos de encriptación; la transmisión se realizaba mediante VPN. El diseño buscaba que la información fuera protegida desde su generación hasta su recepción por ONPE.
El volumen del despliegue fue considerable (Ver ONPE nota de prensa). ONPE proyectó 29,266 mesas con STAE en Lima Metropolitana y Callao. El 10 de abril, dos días antes de la elección, se inició el traslado de los equipos hacia mas de dos mil locales de votación mediante decenas de unidades de transporte. Posteriormente, la propia ONPE informó que se habían instalado 26 mil 695 mesas con STAE, equivalente al 91.22% de las 29 mil 266 inicialmente previstas; 2 mil 571 mesas, el 8.78%, no pudieron utilizarlo.
Esta última cifra constituye probablemente uno de los indicadores más importantes para evaluar el proyecto. Una tecnología electoral no puede juzgarse solamente por su funcionamiento en laboratorio o por el porcentaje de equipos técnicamente operativos. Debe juzgarse por su capacidad de funcionar en la totalidad del universo para el cual fue diseñada. Desde esta perspectiva, una cobertura efectiva de 91.22 % significa que el sistema no alcanzó su objetivo operacional completo.
La supervisión de la Defensoría del Pueblo permite conocer mejor lo sucedido (Informe Defensorial 274). Se registraron 1 mil 873 incidencias tecnológicas. De ellas, 1 mil 147 correspondieron a fallas del propio STAE, equivalentes al 61.2%; otras 476 fueron fallas de equipos, como impresoras o laptops, equivalentes al 25.4%; 95 correspondieron a insuficiencia de suministros tecnológicos, como tinta, papel o adaptadores, y otras 95 fueron clasificadas como "otros".
Estos datos obligan a evitar una explicación simplista según la cual "las computadoras fallaron". El problema fue más amplio. Aproximadamente 86.6 % de las incidencias correspondieron a fallas del sistema o de los equipos. El resto involucró suministros y otros problemas. Es decir, existieron simultáneamente dificultades de software, hardware, insumos y operación.
A ello debe añadirse el problema logístico. El 12 de abril no bastaba con que ONPE dispusiera físicamente de laptops e impresoras. Los equipos debían encontrarse en el local correcto, en la mesa correcta, configurados, conectados, con los consumibles necesarios y con personal capaz de resolver las incidencias. El despliegue de una solución tecnológica electoral es, en consecuencia, tanto un problema de ingeniería como de logística.
La experiencia demuestra una debilidad fundamental del diseño: demasiados procesos dependían de una cadena tecnológica relativamente larga. Identificación del miembro de mesa, generación del certificado digital, ingreso de resultados, validación, generación del acta, impresión, almacenamiento electrónico, traslado del USB y transmisión. Una falla en cualquiera de estos eslabones podía generar una demora o provocar el retorno al procedimiento convencional.
Esto no significa que el STAE carezca de fortalezas. Por el contrario, varias de sus características deberían conservarse. La primera es la validación automática de las operaciones aritméticas. El sistema podía detectar inconsistencias antes de producir el acta. Esto constituye una mejora importante frente al llenado manual, porque muchos problemas históricos de las actas se originan en errores de suma, transcripción o ilegibilidad.
La segunda fortaleza es la legibilidad. Una acta generada e impresa por computadora es mucho más fácil de leer y procesar que un documento manuscrito. Esto puede reducir dificultades posteriores durante el cómputo.
La tercera es la velocidad. En el modelo tradicional, el acta física debe desplazarse hasta el centro de cómputo, donde es digitalizada, digitada y sometida a controles. El STAE permitía transmitir directamente desde el local de votación, lo que podía reducir significativamente el tiempo de llegada de los resultados.
La cuarta es la trazabilidad tecnológica. La utilización de certificados digitales, almacenamiento cifrado y transmisión mediante VPN ofrece mecanismos adicionales de integridad y seguridad. ONPE, además, sometió sus sistemas informáticos a espacios de revisión y puso a disposición de organizaciones políticas información sobre su funcionamiento y código fuente.
Sin embargo, las debilidades son igualmente importantes. La primera es la dependencia de una infraestructura tecnológica masiva. El sistema exigía miles de laptops, impresoras, USB, suministros, conexiones y operadores. Cada componente adicional introduce un nuevo punto potencial de falla.
La segunda es la dependencia logística. El STAE puede funcionar perfectamente desde el punto de vista informático y fracasar electoralmente si el equipo no llega al local a tiempo. La elección de 2026 mostró precisamente que la tecnología no puede separarse de la logística.
La tercera debilidad es el costo. El modelo implicó una adquisición masiva de equipamiento. Según información derivada de las investigaciones de Contraloría, ONPE adquirió 30 mil 000 laptops por más de 31 millones de soles y 30 mil 000 impresoras por más de 9 millones de soles, es decir, más de 40 millones solamente en esos dos componentes (Ver nota de prensa). La cifra de 30 mil 000 equipos por tipo es superior a las 29 mil 266 mesas previstas, dejando un margen para contingencias y otras necesidades.
La cuarta debilidad es que el sistema parece haber intentado resolver simultáneamente demasiados problemas. No solamente buscaba generar resultados electrónicos, sino también producir actas, imprimir documentos, generar firmas digitales, almacenar información y transmitirla. Una arquitectura más sencilla habría reducido considerablemente los riesgos.
La pregunta, entonces, no debería ser si ONPE deba abandonar el STAE. A mi juicio, la respuesta es no. Lo que debe abandonarse es la idea de que el STAE tenga que ser necesariamente una solución compleja.
El primer ajuste debería ser convertirlo en un sistema "offline first". La mesa debería poder trabajar completamente sin internet. Identificar a los miembros de mesa, ingresar resultados, validar las sumas, generar el archivo electrónico y dejarlo almacenado de manera segura. La conectividad debería ser necesaria solamente para transmitir la información cuando exista. Si el internet falla, la mesa no debe paralizarse.
El segundo ajuste consiste en separar la generación del acta de la transmisión. La regla debería ser: "si falla internet, continúa la mesa; si falla la transmisión, el resultado queda almacenado y se transmite posteriormente". Creo que nunca debería existir una dependencia entre conectividad y conclusión del escrutinio.
El tercer ajuste debería ser la contingencia automática. Si el sistema falla después de un número determinado de minutos, el miembro de mesa debe poder continuar mediante el procedimiento manual sin esperar indefinidamente al técnico como en algunos casos ocurrió. La tecnología debe ser un acelerador del proceso y no convertirse en un requisito indispensable para cerrar la mesa.
El cuarto ajuste es la realización de pruebas de estrés verdaderamente electorales. No basta con demostrar que el programa funciona. Hay que demostrar que puede funcionar simultáneamente en miles de mesas, con impresoras, pérdida de energía, desconexión de internet, errores humanos, reinicios, USB defectuosos, saturación de servidores y problemas logísticos. Una prueba nacional de esta naturaleza debería efectuarse con suficiente anticipación y bajo supervisión independiente.
El quinto es reducir el número de componentes físicos. Aquí aparece la posibilidad de desarrollar una segunda generación del STAE considerablemente más sencilla. Esta alternativa sería un STAE sin impresión en la mesa. Los miembros de mesa realizarían el escrutinio convencional y registrarían los resultados en una tableta o laptop. El sistema verificaría las sumas, generaría un archivo electrónico firmado digitalmente y lo almacenaría en memoria cifrada. Posteriormente transmitiría el archivo al centro de datos de ONPE.
El acta oficial continuaría siendo la que resulte del procedimiento electoral y podría mantenerse una copia física convencional para personeros y para el expediente electoral. Lo que desaparecería sería la necesidad de imprimir múltiples ejemplares desde cada puesto STAE.
Esto permitiría eliminar o reducir sustancialmente uno de los principales puntos de falla, cual fue las impresoras. También disminuiría el consumo de tinta, papel, mantenimiento y logística. La experiencia de 2026 demuestra que una impresora defectuosa puede paralizar una parte del procedimiento aunque la laptop y el software estén funcionando.
Una segunda alternativa sería un STAE de transmisión y validación, todavía más simple. La mesa realizaría el escrutinio manual y llenaría un acta física convencional. Un operador o miembro de mesa introduciría los resultados en una aplicación únicamente para generar un archivo electrónico de transmisión. El sistema efectuaría controles aritméticos y emitiría una alerta ante inconsistencias. No generaría ni imprimiría el acta. Su función sería exclusivamente producir un segundo registro electrónico y transmitirlo.
Una tercera alternativa sería un STAE híbrido con teléfono inteligente o tableta. En vez de entregar una laptop y una impresora a cada mesa, podría existir un dispositivo de captura compartido por un pequeño grupo de mesas, siempre que el procedimiento garantice independencia, seguridad y trazabilidad. Esto reduciría drásticamente el número de dispositivos, aunque exigiría estudiar cuidadosamente los tiempos de uso para evitar que el ahorro tecnológico produzca un nuevo cuello de botella.
También puede estudiarse un modelo basado en equipos alquilados. En lugar de adquirir miles de laptops e impresoras que permanecen almacenadas durante largos períodos, ONPE podría contratar el suministro temporal de equipos, incluyendo configuración, mantenimiento, sustitución inmediata y soporte técnico. El proveedor asumiría la responsabilidad de entregar equipos probados y operativos en cada local. Para una institución que celebra elecciones periódicamente pero no utiliza intensivamente todo su parque informático durante el intervalo entre procesos, esta alternativa merece un análisis económico serio.
La principal lección de 2026 es que no se debe confundir sofisticación con modernización. Un sistema electoral tecnológicamente avanzado no es necesariamente aquel que incorpora más dispositivos y más funciones. Es aquel que logra mejorar la velocidad, precisión y trazabilidad del proceso con el menor número posible de puntos de falla.
El STAE tiene una virtud fundamental, interviene después de que los ciudadanos han votado y después de que los miembros de mesa han contado los votos. No altera la voluntad del elector. Utiliza tecnología para hacer más eficiente una operación esencialmente manual. Por eso considero que la experiencia de 2026 no debería conducir a su desaparición. Pero tampoco sería razonable volver a implementarlo exactamente como se hizo en la primera vuelta.
La solución debería ser un STAE 2.0, más pequeño, modular y tolerante a fallas: captura electrónica, validación automática, firma digital, almacenamiento cifrado y transmisión segura, pero sin hacer depender la mesa de una impresora, de internet o de una infraestructura excesivamente compleja. La pregunta que debería guiar su rediseño podría serr muy sencilla: ¿cuál es la mínima tecnología necesaria para obtener los máximos beneficios electorales?
Si ONPE consigue responderla, el STAE puede transformarse de una experiencia problemática en una herramienta de modernización electoral sostenible. Si, por el contrario, se mantiene el modelo de equipar prácticamente cada mesa con una estación tecnológica completa, el costo y la complejidad seguirán creciendo y cualquier falla logística volverá a convertirse en una falla electoral.
La primera vuelta de 2026 dejó, en ese sentido, una lección que trasciende al propio STAE. La tecnología electoral debe diseñarse alrededor del procedimiento electoral y no el procedimiento electoral alrededor de la tecnología. El voto debe poder cerrarse, contarse y documentarse aun cuando falle una computadora, una impresora o una conexión. La tecnología debe hacer el proceso mejor; nunca debe convertirse en aquello de lo que el proceso depende para poder terminar.
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